
Por Ayelén Palacio y Florencia Silva
Había una vez en un país lejano dos hermosas princesas, Ayelén y Florencia, y ninguna de las dos conocía la existencia de la otra ya que ambas vivían en sus respectivos reinos juntos a sus familias. Las princesas eran muy distintas entre sí, Ayelén era la más extrovertida, charlatana y no tenía vergüenza por nada que sucediera a su alrededor, tenía un largo cabello lacio color rubio y ojos grandes color miel, mientras que Florencia era una chica tímida, dulce y delicada, su melena era larga ondulada y de color negro, sus ojos eran rasgados y amarronados. Nunca nadie hubiera imaginado que estas dos muchachas terminarían siendo las dos mejores amigas más importantes del reino.
Todo comenzó una noche cuando el rey Mariano, padre de Ayelén, ofreció una fiesta en su castillo para cerebrar el cumpleaños número 18 de su hijo mayor, el príncipe Juan Cruz. A la misma asistieron todos los reyes, reinas, príncipes y princesas de los reinos vecinos, incluyendo a la familia de Florencia. Fue una fiesta magnífica donde todos los invitados bailaron y pudieron disfrutar de cada momento de la fiesta, entonces fue ahí cuando Ayelén se acercó a la mesa principal para tomar un poco de ponche, cuando de repente vio a Florencia hablando con su propia madre, la reina Adriana, entonces la curiosidad le ganó a Ayelén y se acercó para conocer a esta nueva joven: “Buenas noches -dijo la niña- soy la princesa Ayelén y ella es mi madre, tu ¿Quién eres?”. “Mucho gusto Ayelén, yo soy Florencia, mi padre es el rey Roberto y vivo en el reino vecino al tuyo”, aclaró Flor. Ayelén quedó sorprendida al conocer la identidad de la joven princesa. Afortunadamente las princesas entraron en confianza, charlaron y bailaron muy amistosamente durante el resto de la noche. Así fue como la fiesta concluyó y las muchachas prometieron salir a caminar por las praderas al día siguiente.
El tiempo fue pasando y las jóvenes se hicieron cada vez más amigas: “Prometo que nunca más me voy a separar de vos Aye, sos mi mejor amiga”, dijo Flor.
Aye respondió: “Soy muy feliz de haberte conocido, amiga”, pero no todo era paz, felicidad y armonía, había una persona que odia el amor y la amistad y quería acabar con la unión de las dos princesas, era la bruja Lucrecia, quien haría lo imposible por destruir a las dos amigas.
Una tarde de verano, mientras las dos jóvenes se hamacaban en el bosque bajo el cálido rayo del sol, el cielo comenzó a oscurecerse y de pronto las nubes negras cubrieron el cielo azul, ya bajo un rayo seguido del sonido de un estruendo apareció la figura de la horrenda Lucrecia, las niñas estaban aterradas y se abrazaron fuertemente mientras la bruja caminaba con paso decidido: “No hace falta presentación -dijo Lucrecia- ustedes saben que odio la amistad, y más en especial la de ustedes. Así que prepárense porque de ahora en adelante la amistad de ustedes dos se irá disolviendo rápidamente, pronto ustedes, queridas tontas, dejarán de ser las amiguitas perfectas”, y diciendo esto desapareció bajo la tormenta. Las jóvenes quedaron estupefactas del miedo y entre lágrimas se agarraron las manos.
Una semana después, la bruja decidió disfrazarse de príncipe, el cual debería ser apuesto, joven, simpático y elegante, según sus planes este supuesto príncipe, acabaría entrometiéndose entre las chicas y derivaría en la ruptura de la amistad. El mismo se llamaría Fernando y sería esbelto, rubio y de ojos azules, con una sonrisa blanca y radiante.
Era la tarde del lunes, Ayelén estaba sentada junto a Flor y la madre esta última, la reina Liliana, en el castillo tomando el té, cuando de repente vio pasar en un caballo blanco a un joven muy apuesto, siendo tan curiosa decidió averiguar quien era. Al día siguiente brindó en su casa un pequeño baile, al cual debían asistir todos los príncipes y princesas de entre 16 y 18 años, Fernando se enteró del mismo y fue para comenzar con su diabólico plan. Ayelén no pudo con su curiosidad y fue corriendo a presentarse: “Bienvenido a mi castillo, mucho gusto mi nombre es Ayelén y espero que te sientas cómodo”, dijo la niña. “Muchas gracias por tu invitación, soy Fernando -se presentó el joven- y vengo del Norte de Inglaterra, espero que podamos conocernos mejor”. Ayelén quedó maravillada y se enamoró profundamente de él sin conocer su verdadera identidad.
Pasaron dos meses, Ayelén y Fernando compartían gran parte de sus días juntos, el plan de Lucrecia estaba dando buenos resultados. Un día Florencia estaba cabalgando por el bosque cuando apareció Fernando y le pidió hablar un minuto con ella. Florencia pensó que era algo acerca de su amiga, pero se equivocó. Al bajar de su caballo se acercó a Fernando y este le dijo: “Flor estoy enamorado de vos, sos hermosa y quiero que me des una oportunidad”.
“¿Qué me estás diciendo? -respondió la princesa- ¿te has vuelto loco?, eres el novio de mi mejor amiga, jamás me fijaría en ti. No te vuelvas a acercar a mi”, y diciendo esto se subió a su caballo y se fue rápidamente. Fernando estaba a punto de lograr su cometido, sólo faltaba un paso para destruir la relación de las jóvenes, entonces decidió ir a visitar a Ayelén y contarle la gran mentira que la haría enfurecer, y así concluiría con su plan.
Al llegar al palacio le dijo a la sirvienta que llamara a la princesa que tenía algo muy importante que contarle, Ayelén bajó rápidamente las escaleras y lo encontró sentado en un sillón llorando profundamente: “Oh Dios, amor, ¿Qué ha pasado?”. “Querida -respondió el príncipe- tu amiga Florencia, me ha dicho que está enamorada de mi y que no le importa nada, que sólo quiere huir conmigo”. “Es imposible, es mi mejor amiga, debe haber una confusión, debes haber entendido mal”, afirmó Ayelén. A lo que Fernando aclaró: “Lo siento, amor, ella te ha traicionado, nunca ha sido tu verdadera amiga, sólo te envidia y quiere ocupar tu lugar”. “Voy a terminar con su amistad -confesó Ayelén- se arrepentirá de todo lo que hizo”. “Te amo y estoy de acuerdo con vos, termina con esa falsa amistad”, concluyó el muchacho.
Cuando Fernando se retiró Ayelén intentó recapacitar y pensar, pero ya no había nada que pensar, ella estaba enojada y se sentía defraudada, su mejor y única amiga la había traicionado con su novio.
Al día siguiente Aye, decidió ir al palacio vecino donde vivía Florencia, al verla le dijo: “Me enteré de todo, ¿Cómo pudiste hacerme una cosa así?, me has traicionado, intentaste quitarme a mi novio, pero nuestro amor es más fuerte y nadie me separará de él”. Florencia sorprendida le respondió: “El miente, las cosas no son así, él te engaña, fue él quien me dijo que estaba enamorado de mí, por favor créeme, soy tu amiga, jamás te haría una cosa así”.
“Lo lamento -replicó Ayelén– hasta acá llego mi paciencia no te creo ni una sola palabra, nunca debí de haber confiado en vos”. Y diciendo esto se fue apresuradamente. Florencia quedó anonadada y no sabía que hacer, su madre que estaba al tanto de la verdad y había escuchado toda la conversación, la abrazó, trató de calmarla y le dijo: “Hija todo se solucionará, dale tiempo a que resuelva este misterio, ya volverá a ti”.
Pasaron dos semanas y Ayelén seguía sin darse cuenta del engaño que estaba viviendo, hasta que un día su padre le dijo: “Aye, hija mía, sé el cariño que sientes por Florencia, no dejes que un chico se interponga en su camino, chicos hay muchos, amigas hay pocas, ve a buscarla y amíguense, ella es una gran persona debe haber un gran error”. La joven escuchando los consejos de su padre fue corriendo a arreglar las cosas con su amiga: “Perdóname Flor, nunca más va a volver a pasar algo así, lo juro”, aseguró Ayelén. “Te quiero amiga, gracias por creerme”, respondió Florencia.
Pero en ese instante apareció Fernando y al ver a las dos amigas unidas nuevamente se enfureció y gritó: “Ustedes dos se habían separado, había logrado mi cometido, ¿Cómo puede ser que estén juntas nuevamente?”. Con esas palabras las chicas se dieron cuenta que algo raro estaba pasando, entonces Lucrecia se sacó su disfraz de príncipe y ambas jóvenes pudieron observar que habían sido engañadas todo ese tiempo por la malvada bruja: “Las odio y esto no se termina acá, ustedes dos se van a separar sea como sea”, gritó enfurecida la bruja.
“Eso nunca sucederá Lucrecia -respondió Florencia-. Nosotras somos invencibles”. Entonces, la agarró a Ayelén de la mano y se abrazaron tan fuertemente que Lucrecia comenzó a prenderse fuego y entre gritos de desesperación desapareció bajo una inmensa llama roja. Era así como las jóvenes con su gran amor habían derrotado a la mala y fea Lucrecia. Estaban muy sorprendidas por todo lo que había ocurrido, que les costaba entender lo que había pasado, pero sabían que nunca nadie iba a volver a separarlas porque el amor que las unía era el más invencible y poderoso que cualquier otro.
Juntas compartieron muchas cosas bonitas y pudieron formar un gran grupo de amigos, con los cuales pasaban días enteros disfrutando de fiestas, bailes, salidas, cenas, en alguno de los castillos, entre otras cosas. El grupo estaba formado por las princesas: Maria Antonella, Soledad, Carla y Melisa, y los príncipes: Verto, Turko y Botty, todos vivían en los castillos vecinos, y desde ese momento hasta los días de hoy, no hay un solo día que estos amigos no compartan juntos.
Es así como finaliza la historia de estas dos jovencitas amigas, que descubrieron que a pesar de todas las diferencias que existían entre ambas, la amistad es más fuerte y puede romper todos los obstáculos que aparezcan en el camino.
Fin